Hace muchos meses me encontré con un artículo del Dr. Arturo Grau, neuropsiquiatra infantil. Me sentí inediatamente motivada a poner en palabras escritas muchas de las cosas que pienso cada vez que un nuevo “paciente” de pocos años de edad es llevado a mi consulta por unos padres desesperados.
Padres desesperados porque en el colegio les exigen que al niño lo vea un neurólogo (léase: que le den ritalin)y ellos no quieren.
Padres desesperados porque aunque le dan todo el ritalín que les han dicho, el niño “sigue igual”.
Padres desesperados porque a su niño no le va bien en el colegio (léase: tienes menos de 6,0)
Padres desesperados porque su hijo no quiere hacer las tareas o estudiar cuando llega del colegio.
Y así, muhos tipos de padres cansados y estresados que han perdido el norte en cuanto a la educación de sus hijos, padres que trabajan muchas horas o que, aunque tengan tiempo libre, se agobian ante el desorden y la exigencia emocional de la paternidad.
Tras esos padres, suelo encontrarme con un niño o niña, pequeños infantes en formación que desde tan tempana edad están sintiendo la presión y el estrés por rendir y competir y que no saben qué hacer con la deseperación de sus padres.
Los niños suelen ser extremos en sus actitudes, es blanco o negro. Por lo tanto, frente a tanta exigencia o se sumen en la tarea de rendir y ser los mejores o lo contrario. Ninguna de las opciones es positiva, pero el sistema no les deja otra en función de sus capacidades.
Arturo Grau dice en la entrevista :
“El concepto de educar se ha ido transformando en el de adiestrar a alguien para sumar puntos para la universidad, como si el niño fuera un caballo de carrera que debe acumular récords. Se ha visto compelido a producir, porque la consigna ya no es: Sé buen amigo, solidario, leal, sino sácate mejor puntaje que tu compañero porque si no, vas a fracasar. Y con una educación tan exitista, resulta que los colegios quieren cada vez menos a los niños que tienen algún grado de problema de aprendizaje o que demoran un poco más en aprender. Por otra parte, están los papás, que hace unos años llegaron a la cúspide de pedir la hiperconsulta y la hipermedicación para que sus hijos compitieran en igualdad de condiciones con los otros”.
En las reuniones de apoderados de muchos colegios, los profesores se esmeran por compartir con los padres respecto de los rendimientos esperados de sus hijos a tal o cual edad. Así, encontramos que en kinder, los niños ya deben ponerse la cotona o delantal, abrochar sus zapatos… En primero básico los niños ya deben ser autónomos y ordenar sus útiles, llevar y traer lo que les corresponde para el día (cuando talvez aún no haya logrado completamente la noción de tiempo), aprender a leer y escribr…Y así sigue curso por curso. Y así año tras año, se suman las exigencias cognitivas, académicas y emocionales.
El punto es que cada una de estas tareas a lograr están cada vez más adelantadas, estudiadas y categorizadas. Obviamente son estándares que no calzan para los procesos de todos los niños. Tal vez algunos colegios debieran pensar que los niños en Integración, no son sólo aquellos distintos al caminar o hablar, sino también al moverse más o menos; al concentrarse más o menos; al ser más o menos rápidos para comprender las matemáticas; al ser más o menos deportistas.
El aprendizaje y el desarrollo es un proceso que se mueve con distintas velocidades en las personas. Que para algunos es más simple en algunas áreas y para otros en otras. Es un proceso que avanza y que a veces puede retroceder para luego proseguir. También se estanca a veces.
Si el desarrollo se apresura más allá de las posibilidades, la persona enferma. ¿Qué pasa si a un árbol le echamos abono en exceso para que crezca más rápido? Se le ponen las hojas quemadas, arrugadas, podría llegar a morir. Tan dañiño puede ser el exceso de abono como su falta.
En los niños también la falta de estimulación limita su crecimiento y aprendizaje. Pero el exceso, los estresa y enferma.
Los invito a leer la entrevista al Dr. Grau
y decidir que tenemos que detener la velocidad y la competencia exageradas entes de que más niños nos digan a su manera: “Paren el mundo que me quiero bajar“
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